Educación física
5 agosto, 2016

El oscuro placer de los deportes

pildorita-26

 

El ser humano, sin importar raza o credo, tiene la necesidad de demostrar que es mejor que todos los demás, independientemente de en qué se compita.

—¿A que no adivinan? —dijo un sujeto con espalda, hombros y antebrazos de leñador al entrar a la taberna—. Acabo de lanzar un tronco a más de diez metros de distancia.

—Bah, gran cosa —dijo otro sujeto con espalda, hombros y antebrazos de leñador—. Apuesto una ronda de cervezas a que logro lanzarlo más lejos.

Sospecho, este fue el origen de las Olimpíadas modernas.

Otro ejemplo:

—Acabo de tirarme a la piscina desde el quinto piso —dijo un turista ebrio.

—Bah, yo también he hecho eso —dijo otro.

—¿Dando tres giros y medio en el aire?

Este chiflado comportamiento puede entenderse en quienes lo practican, regulan y califican, pero, ¿es posible dar una explicación lógica al placer que sentimos quienes seguimos vía satélite a nuestros compatriotas, en espera de que sean proclamados los número uno en actividades intrascendentes que a nadie interesan (salvo cada cuatro años)?

Si de lo que se trata es ver ondear el lábaro patrio y entonar el himno nacional, ¿no sería más fácil quedarnos todos los lunes a los honores a la bandera en la escuela de nuestros hijos? ¿No sería más sencillo registrar como disciplinas olímpicas tamalitos a la olla, kimbomba, quemados, balero, trompo o de tin marin de do pingüe?

Claro, que si el móvil es restregarle al mundo entero que poseemos a los hombres y mujeres más virtuosos al momento de dar piruetas sobre una cama elástica, tirarse al agua maquilladas para una boda, ondear al aire cintas para envolver regalos, sentarse sobre caballos bailarines, disparar con escopetas a la vajilla de la abuela, tirar patadas voladoras en pijama y caminar decenas de kilómetros como si no nos hubiéramos limpiado el culo en una semana, el diagnóstico es que estamos enfermos de la cabeza.

 

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