Los años maravillosos
24 junio, 2016

El autógrafo millonario

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Existió una época en la que hubo un Dios mucho más poderoso que al que los Legionarios de Cristo me obligaban a rezar cada mañana. Era un afroamericano en los huesos, simpático, dueño de un talento para la música y el baile que parecía de otra galaxia. A pesar de ser la estrella más brillante del mundo, su guardarropa parecía limitarse a una chaqueta roja, pantalones dos tallas más pequeños, calcetines blancos y zapatos de charol.

La llegada del videoclip “Thriller” dividió al mundo en dos nuevas eras: Antes de Michael Jackson y Después de Michael Jackson. Y la aparición de “El Paso Lunar” confirmó el arribo del nuevo Mesías. Al menos, así se vivió en mi niñez, donde guardo hasta la fecha un souvenir invaluable.

No recuerdo su nombre porque nunca lo supe. Se hacía llamar Michael Jackson. En cualquier otra escuela del mundo, por menos que eso, te ganabas una generosa dotación de calzones chinos y puñetazos en el bajo vientre. Sin embargo, este no fue el caso. Él era Michael Jackson, o al menos lo creía, y lo creía con tal fervor (a pesar de ser un gordito de 9 años) que los abusadores de la escuela, en vez de golpearlo en los recreos, quedaban hipnotizados ante sus endiablados pasos de baile.

<<¡Paw!>>, <<¡Hi-hú!>>, gritaba cada vez que algún malhechor se le aproximaba. <<Tacatacatacan-tacatacan-tacatacan-tacan>>, tarareaba, deslizándose de espaldas con los zapatos bien boleados. <<¡Paw!>>, <<¡Hi-hú!>>, volvía a gritar en medio de enloquecidos giros de 360 grados. <<¡Paw!>>, sentenciaba, manteniendo a raya a los truhanes mientras se marchaba al salón de clase como si aquello fuera un comportamiento normal en cualquier niño que estudiara en los Legionarios de Cristo.

Michael Jackson jamás abandonó su papel de Michael Jackson, ni siquiera en los exámenes. <<¡Paw!>>, respondía a las preguntas de las misses, aderezado de un <<¡Hi-hú!>> sujetándose la entrepierna.

Su repertorio, sin embargo, no era exclusivo de la escuela. Cuando el verdadero Michael Jackson (o tal vez debiera decir, el otro Michael Jackson) sacó al mercado un videojuego llamado “Moonwalker”, en el cual debías salvar al mundo aniquilando mafiosos y extraterrestres con pasos de baile y patadas voladoras, este fue monopolizado por Michael Jackson, a quien todos los fines de semana se le podía ver en las maquinitas de Plaza Fiesta, rodeado de sus fieles súbditos (desde adultos hasta niños) que lo observaban endiosados terminar una y otra vez el juego con una sola ficha mientras emulaba los gritos y pasos de baile que aparecían en la pantalla.

Me avergüenza admitirlo, pero lo admiraba. Desde pequeño había descubierto el propósito de su existencia. Y lo dejó patente de puño y letra una tarde cuando mamá olvidó ir por mí al colegio. Los pasillos estaban desiertos y para entretenerme contemplaba el torrencial aguacero que inundaba las canchas de básquetbol, cuando unos relámpagos iluminaron el cielo y escuché el eco de unas pisadas. Era él. Con actitud altiva me miró desde el otro extremo del pasillo, sujetando el ala ancha de un sombrero inexistente. Se aproximó bailando con toda la inspiración que cabía en su regordeta humanidad. Segundos antes de sonar el claxon del coche de mamá, a centímetros de mí, Michael Jackson sacó de su bolsillo un papel arrugado con un garabato impreso.

—Guárdalo —dijo (en castellano)—. Valdrá millones de dólares.

2 Comments
  1. Responder
    Maru

    ¿Y? ¿Lo guardaste?

    • Responder
      Rodrigo Solís

      Ojalá, es uno de los errores más grandes de mi vida.

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